Durante la visita a Valencia dormíamos en la Albufera. Cuando llegamos vimos que había muchísimos mosquitos. Así que sacamos los repelentes e insecticidas, y cerramos la casa a cal y canto. La primera noche acribillaron a Diego, que acabó con el cuerpo lleno a abones. Además, se despertaba cada poco llorando por el picor, y de tanto rascarse se hizo heridas. A Candela no le picaron mucho, y a nosotros nos picaron algo más pero fue una cosa razonable. Lo peor llegó la segunda noche por que Diego se despertaba cada dos horas muerto de picor y habían entrado más mosquitos que nos pusieron a todos finos.

A la mañana siguiente, Candela se levantó con la cara llena de granitos rojos que recordaban a los de la varicela y con los ojos hinchados y rojos. Aun que sospechábamos que todo era consecuencia de las picaduras de mosquitos, la llevamos al hospital para descartar otras enfermedades. Y de paso que le miraran a Diego sus picaduras.

Salimos del hospital, dos horas después, con una lista de medicinas y la certeza de que los mosquitos de la Albufera habían podido con nosotros. Por suerte, ese día salíamos de camino a Cuenca.

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